S’Arenal y la normalización de lo inaceptable
Un turista exhibe sus genitales ante nuestro equipo durante un reportaje en s’Arenal
Cuando esta persona se bajó los pantalones ante nosotros tres, lo más perturbador no fue el acto en sí, sino nuestra incapacidad para reconocer de inmediato su gravedad. Inmersos en ese microcosmos sociocultural, no le dimos la importancia que merecía. Como suele pasar en este tipo de situaciones violentas, no analizamos la gravedad del asunto hasta poder reposar las ideas.
Micrófono en mano, una responsable del equipo entrevistaba a un turista alemán frente al bar del balneario 5 de s’Arenal, sentados en la pared que delimita la playa del paseo. Tras la cámara estaba yo, Toni Santos, director de este diario, junto a otro compañero dándome soporte. De repente, observamos cómo un compañero del grupo del entrevistado se incorpora de pie tras este, a menos de un metro de nuestra compañera, y en una fracción de segundos baja sus pantalones.
Al ver que la camiseta no terminaba de mostrar sus genitales, la recoge y se exhibe con manifiesta jactancia ante nosotros. Por las condiciones meteorológicas, el reflejo del sol me impedía ver con calidad suficiente el plano y por ello me mantenía concentrado en mantener a ambas personas dentro del encuadre. No fue hasta escuchar mi nombre a gritos que alcé la cabeza y me encontré la situación. En ese momento, dejé de grabar como un acto reflejo mientras esa persona se mantenía durante más de diez segundos en la misma postura exhibicionista. Diez segundos durante los cuales me planté ante él, observándole como si intentara analizar su comportamiento.
Nuestro compañero, proverbialmente optimista, reaccionó con sorna. La entrevistadora, como es de entender, se sintió violentada ante la situación y se marchó. Sin embargo, y como ya he dicho, en ese momento todos aceptamos la situación como algo normalizado, tal como ha hecho Mallorca con la cultura del exceso que protagoniza s’Arenal.
Hemos normalizado el bochorno, la degradación y la zafiedad. Normalizamos pasear entre personas disfrazadas de pene o coronadas con borrocópteros, camisetas con simbología nazi y demás ismos. Normalizamos la ebriedad, el descontrol, la suciedad y los actos vandálicos. En definitiva, todo aquello que mostramos sin censura semana tras semana en nuestro medio.
Sea bienvenido, Mr. Marshall, a nuestro “Distroyland”, el lugar donde sus sueños se hacen realidad. Ese oasis donde la impunidad permite al turista hacer todo aquello que jamás haría en su país de origen. La misma impunidad que determina que el exhibicionismo no es un acto denunciable si la policía no está mirando.
Y todo ello para el beneficio de unos pocos, pero ninguno mallorquín. El turismo de borrachera consume una media de entre 200 y 400 euros en la isla, sin contar viajes y hospedaje, siempre y cuando no venga con todo incluido. Pudimos comprobarlo realizando entrevistas a diestro y siniestro, sobre todo a siniestro. Tienen la prueba en el último vídeo para @ximbomba: este perfil de consumidor no conoce el producto local, ni tiene interés en hacerlo. Reconoce s’Arenal, capital de Malle, como una extensión de sus países donde practicar su particular purga hedonista anual.
Hoy y siempre, lejos de hacer más escarnio que el que se autoinflige esta persona, mostramos el rostro de aquellos que se consideran invulnerables. Aquellos que entran en nuestro plano por voluntad propia para exhibir su falta de decoro. Toda una alegoría de la tolerancia de nuestras islas ante esta turibacanal. Pues, ¿por qué deberíamos tolerar que esta gente ponga sus genitales a la altura de nuestro rostro y no hacer nada?