El "fachino” de Mallorca y el miedo a la “ockupación”.
Un joven de rasgos asiáticos con la camiseta de España se viralizó tras el mitin de Vox en Palma, reflejando el fenómeno de votantes que apoyan a la formación pese a ir en contra de sus intereses.
El sábado se viralizaron las imágenes de unos pocos simpatizantes de Vox que, al finalizar el mitin de Abascal en las inmediaciones de la Catedral de Mallorca, acudieron a la plaza de España de Palma con el objetivo de increpar a los acampados por la vivienda.
Uno de los motivos por los que se han movido los vídeos, además de la actuación de algunos de estos adolescentes con saludos fascistas ante la cámara, ha sido la incursión entre el tumulto de un joven de rasgos asiáticos entregado a la causa. Vestido con la camiseta de la selección española y jadeando animado, como un turista desorientado que festeja la segunda estrella.
Los comentarios de los usuarios no se hicieron esperar: “Hostia, el chino”, “Hay un chino ahí”, “La leche... ¿UN CHINOOOO FACHA?????”, “He flipao con el chino facha”, “¿El chino que sujeta la bandera de España también cantaba yo soy español?”, “El chino es el que les vende las banderas”, “El chino facha de Manchuria es lo más de lo más 😂😂”.
Esto no es un caso aislado. Son muchas las personas simpatizantes de este partido aunque, a priori, los fundamentos jueguen en su contra. Votar en contra de tus intereses, aunque puede que a favor de tus principios. Sobre todo, si estos son confusos o atentan contra los derechos humanos.
La procedencia del nombre de Vox y su planteamiento no es casualidad: Vox populi. Tomaron todo el odio proliferado en conversaciones de barra y parloteo de peluquería de barrio para utilizarlo a su favor. Vengo a hablar de uno de ellos, el más fuerte, con el objetivo de hacer autocrítica antes de que sea demasiado tarde.
¿Qué une a un proletario, un autónomo y un inmigrante que quieren votar a Vox? Son personas que dedican muchas horas de su vida a trabajar. Trabajan muy duro y son duros con todo aquel que hace lo contrario. Hasta tal punto que, en su criterio, impera por encima de todo lo demás. De todo lo que le perjudica de verdad.
De ese modo, le cuentan al currelas que un “gran” grupo de personas no trabajan “a voluntad” para percibir una renta mínima que, casualmente, siempre es una cifra muy superior a la real (mínimo 733,60 € al mes por un adulto, hasta 1.613,92 € al mes por familias con 2 adultos y 3 niños en casos excepcionales). Eluden las condiciones, eluden el propósito y toda información relevante. Dependiendo del perfil, añadirán que es extranjero, que además roba o trabaja en negro, llegando a percibir incluso más que el perfil de empresario. Lo acompañan de algún falso testimonio en vídeo y “voilà”. Ya estás dentro. “¿Y quién va a querer trabajar así?”.
Es consciente de que no ocurre siempre, no conoce casos reales a su alrededor aunque si conoce al padre de su amigo aquel al que echaron del trabajo muy mayor y no llaman del SOIB. Pero está tan cansado de trabajar, hastiado con razón del jefe, de las horas extra o del sacrificio de la pyme o el autónomo, que persiste en este criterio dispuesto a sacrificarlo todo para que ni una persona más se aproveche de él. Es consciente de que su decisión le perjudica, pero el odio hacia el gandul está por encima de todo. Y con esa obsesión entre ceja y ceja, el “fachino” irrumpe de las profundidades de la animadversión.
Los portavoces de la ultraderecha no han necesitado alzar la voz, simplemente han sabido escuchar el clamor popular y han dado forma, entre la fantasía de ilusos y magufos, al monstruo. A esta estrategia se la llama marketing de apelación al miedo y existe desde los albores de la Tierra, partiendo de las doctrinas de las religiones y pasando por los principios clave de las campañas nazistas. La vemos en publicidad todavía, en el “te van a robar” de los seguros de hogar y hasta en el “Apple Watch te salva la vida”.
Y esa metodología se extrapola a todos los temas de lo que yo llamo “ockupación”: okupación del hogar/territorio y ocupación por lo que respecta al empleo. Al racista le dirán que le quitan el trabajo o que conquistarán silenciosamente sus tierras, al trabajador que su dinero le da un sueldo al gandul, al cristiano le hablarán de invasión y al machista de imposición. Como en el caso de Trump con Cambridge Analytica, segmentan por perfiles para inyectarles un veneno y venderles la solución. Y esta infección se extiende desde los chismes del barrio, donde se decide todo, hasta el virus digital del algoritmo en redes.
Quizá sea hora de que los demás partidos den la importancia que se merece a extinguir estos discursos incendiarios, frutos del bulo, y expliquen cómo frenan esto. Pues, según las últimas encuestas y el sentir en la calle, queda claro que eludir conversaciones controvertidas para la izquierda pero importantes para parte de la sociedad, no es una solución. Hay que abrirse a debatir sin temor alrededor de aspectos axiomáticos pues, ahondar en las preocupaciones de la gente, no tiene porque derivar en ismos y fobias.